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¿DÓNDE está Mónica Rangel?
LA Contraloría General del Estado busca a Mónica Rangel y no la encuentra. La exsecretaria de Salud enfrenta un nuevo procedimiento de responsabilidad administrativa, pero no pudo ser notificada en los domicilios registrados. Por eso la autoridad tuvo que llamarla mediante un edicto y citarla para el 13 de octubre.
NO está declarada prófuga. Nadie puede afirmar que huyó o se esconde. Pero tampoco aparece. Y tratándose de Mónica Rangel, eso no es un detalle menor.
PERO veamos, dijo el ciego. La última vez que la doctora ajustó cuentas con el gobierno estatal fue en 2022. La detuvieron en el Estado de México, la trasladaron a San Luis Potosí y terminó en el penal de La Pila. Un mes después aceptó su responsabilidad por ejercicio abusivo de funciones y asociación delictuosa.
NO fue exonerada ni víctima de una confusión: reconoció que hizo mal las cosas, “reparó el daño” y obtuvo el beneficio legal que le permitió salir de prisión.
AHORA existe otro expediente y descubrimos que la autoridad no pudo localizarla.
QUÉ cosa: cuando fue secretaria encontraba cámaras, micrófonos y templetes por todas partes. Cuando quiso ser gobernadora, hasta Morena la encontró competitiva. Hoy resulta más difícil de ubicar que una medicina en hospital público.
PARA los de corta memoria, les recordamos que Rangel dirigió los Servicios de Salud durante casi todo el sexenio de Juan Manuel Carreras. No fue una empleada perdida en un archivo ni una directora de paso.
DURANTE casi seis años controló una dependencia gigantesca, con presupuesto millonario, compras, contratos y decisiones que pasaban por escritorios, comités y juntas de gobierno.
¿Y Juan Manuel Carreras nunca supo nada?
NO hay pruebas para afirmar que conocía los delitos que ella terminó admitiendo. Pero tampoco hay razones para presentarlo como un pobre gobernador despistado al que nadie le contaba nada. ¿O sí?
SI ignoraba lo ocurrido en una de las áreas más importantes de su administración, “tons” mal, muy mal. Y si sabía algo, entonces debe explicaciones. En ambos casos, su silencio resulta cómodo y muy extraño.
PERO no fue el único que cobijó a Mónica. Después llegó Morena y obró el milagro. La funcionaria del gobierno priista se convirtió, de un día para otro, en candidata y representante de la transformación.
PERDIÓ la elección, y gacho. Después fue detenida y aceptó su responsabilidad penal. Desde entonces, en Morena todos parecen sufrir un ataque colectivo de amnesia. Como si el “monicazo” que terminó ayudando a Gallardo a conseguir la grande, nunca hubiera existido.
EN esta historia quedó también aquella declaración del gobernador Ricardo Gallardo a Pulso: aseguró que Rangel devolvió 150 millones de pesos y que 50 llegaron al juzgado dentro de cajas de huevo.
EL proceso judicial documentó alrededor de 22 millones y ninguna dependencia pudo comprobar después la fantástica versión de los 150 millones en cajas de huevo.
PERO eso no es el centro.
LO grave es que Rangel encabezó Salud durante casi seis años, fue candidata a gobernadora y admitió responsabilidad por delitos cometidos desde el servicio público. Ahora vuelve a ser requerida y no ha podido ser localizada.
TAMPOCO sabemos qué originó el nuevo procedimiento. El edicto se guarda ese dato. Otra vez nos entregan media historia: existe un expediente, pero no sabemos qué se investiga; buscan a la exfuncionaria, pero no sabemos dónde intentaron encontrarla.
QUIZÁ Mónica Rangel aparezca el 13 de octubre, quizá no. Por eso la pregunta, ¿Dónde está Mónica Rangel?
Y cuando aparezca, que también nos digan dónde estaban todos los demás.
POSDATA: Ahora resulta que la gran urgencia educativa de México son los celulares. Hay escuelas con baños inservibles, salones derruidos, falta de agua, maestros incompletos y alumnos que apenas entienden lo que leen, pero la SEP ya encontró al culpable: el teléfono.
PROHIBIRLO puede ser razonable; presentarlo como solución es una jalada de pelo. El aparato distrae, sí, pero no destruyó el sistema educativo. Lo destruyeron años de abandono, improvisación y funcionarios 99 por ciento leales y uno por ciento capaces. ¿Verdad, don Peje?
