(El Universal)
Hermosillo, Son.- Por las calles del centro de Hermosillo todavía flota el olor a humo y tristeza. En medio de los restos ennegrecidos de lo que fue una tienda Waldo’s, la vida se detuvo para decenas de familias. Entre ellas, la de Joel, un joven que perdió a su esposa embarazada en la tragedia del pasado 1 de noviembre, cuando una explosión seguida de un incendio arrebató la vida a 23 personas y dejó 12 más lesionadas.
“El amor de mi vida, tantos momentos juntos… y un maldito accidente te arrebató la vida junto con nuestra bebé. Era juntos para toda la vida, mi amor, como te había prometido. Perdóname por no haber alcanzado a llegar a salvarte… Eras, eres y siempre serás el amor de mi vida. Descansa en paz, mi reina hermosa”, escribió Joel en sus redes sociales la noche del siniestro.
Sus palabras, llenas de dolor, se esparcieron rápidamente por Hermosillo, convirtiéndose en símbolo del duelo colectivo. La ciudad entera sintió el peso de esa despedida. No sólo los que conocían a la pareja, sino cientos de desconocidos que, al leerla, sintieron la punzada de la pérdida ajena.
Un minuto que lo cambió todo
Eran las 3:09 de la tarde cuando el silencio del centro se quebró. Primero, un apagón. Luego, un bajón de luz. Y enseguida, la explosión. El estallido sacudió los cristales de los comercios vecinos y desató el infierno.
Hugo Candiani, dueño de una cafetería a pocos metros del lugar, recuerda los segundos previos. “Todo empezó con un apagón. En treinta segundos volvió la luz, pero luego vino otro bajón y explotó. La explosión fue hacia arriba, no hacia abajo. Los carros empezaron a tronar, la gente corría, gritaba… Fue un caos total”, relata con la voz quebrada.
Conoce de vista a varias de las jóvenes empleadas que trabajaban ahí. “Eran clientas mías, chicas entre 19 y 25 años. Comían aquí, platicaban. Muy buenas personas”.
La Fiscalía General de Justicia del Estado descartó que el incendio haya sido intencional, aunque mantiene abiertas todas las líneas de investigación.
El corazón de Hermosillo late más lento. En las calles aún hay olor a ceniza y ecos de sirenas. Las autoridades contabilizan pérdidas; las familias, ausencias. El fuego se apagó, pero el dolor sigue ardiendo.
