Por Redacción / San Luis Hoy
BOCAS.- Las campanas de la iglesia repicaban para anunciar fiesta, pero terminaron marcando el luto. Lo que debía ser una celebración comunitaria durante las fiestas patronales de Las Escobas terminó teñido de sangre: Orlando Muñiz Oviedo, de 30 años, y Ramón Salas Duque, de apenas 17, fueron asesinados a balazos en plena cabalgata. La comunidad no solo está dolida: está indignada.
El presunto agresor es un paisano, un hombre originario de la región que había regresado recientemente del condado de Sealy, Texas, y que —según testigos— tras disparar cobardemente huyó nuevamente al país vecino. Hoy, su silla está vacía y su silencio ensordecedor.

Los hechos ocurrieron la tarde del domingo, cuando jinetes de distintas comunidades se congregaron frente a la iglesia para dar inicio a la cabalgata en honor a Nuestro Señor de la Misericordia. Pero a mitad del recorrido, la tradición fue interrumpida por el estruendo de los disparos. Uno de los jinetes desenfundó un arma y atacó directamente a Orlando Muñiz. Ramón, el joven de La Melada, cayó también: una bala perdida le arrancó el futuro.
Paramédicos llegaron al lugar, pero ya era tarde. La vida de dos hombres, uno apenas en la adolescencia, se apagó en el polvo del camino. El asesino huyó. No hubo detención, no hubo justicia. Sólo dolor.
Las familias, desconsoladas, realizaron los funerales entre lunes y martes, entre abrazos, rezos y un reclamo que se repite una y otra vez:
Que no quede impune.
Hoy, Las Escobas no habla de fiesta, habla de duelo. Habla de rabia. Habla de un sistema que, otra vez, permite que el culpable escape mientras las víctimas son enterradas.
Porque no hay tradición ni fe que alcance a consolar a una madre que despide a su hijo, ni a una comunidad que carga sobre sus hombros la violencia que viene de lejos, pero que muerde aquí, donde más duele.
¿Y la justicia? Esa, por ahora, también se fue a caballo.
