Martín Rodríguez
[San Luis Hoy]
La fecha detonante del 35 aniversario. Un proceso electoral imperfecto que enfrentó a dos candidatos a gobernador competitivos, no dejó ni 15 días en la gubernatura al candidato declarado ganador. El 9 de octubre de 1991, Fausto Zapata Loredo, se vio obligado a renunciar a la gubernatura para pacificar al estado, convulsionado por casi seis años continuos de luchas políticas por el piso parejo entre competidores electorales.
Aquí y en los 32 estados, la renuncia de un gobernador solo se puede dar por causa grave y en este caso, San Luis Potosí era ingobernable.
Sus partidarios lo siguen calificando como alguien que pudo haber sido un extraordinario gobernador y los opositores de la época, no juzgaban al candidato, sino al proceso electoral que impugnó el opositor Salvador Nava Martínez, con una creciente insurgencia civil que fue sumando partidarios y adeptos conforme se calentaba el escenario político.
El nombre de Fausto Zapata, resurgió después de una serie de licencias sucesivas solicitadas por el entonces gobernador Florencio Salazar Martínez, quien en un principio pidió 20 meses para retirarse del cargo y renovó las licencias en periodos de 14 meses hasta el fin de la administración estatal.
En diferentes ocasiones, la prensa local lo ubicaba como el gobernador que terminaría el sexenio, entregado en interinatos al ex funcionario judicial Leopoldino Ortiz Santos.
Eran tiempos de convulsión política, donde el reclamo común era la falta de piso parejo para los participantes en las contiendas por la gubernatura, alcaldías y diputaciones. Fue el tiempo de un Partido Revolucionario Institucional hegemónico, de presencia tan enraizada que contaba con oficinas de organización hasta en las comunidades más escondidas de la Sierra oaxaqueña.
Sin embargo, también era la época del hartazgo por un sistema electoral que ya estaba mal evaluado desde 1958, por la Unión Cívica fundada por profesionistas universitarios, empresarios y principalmente médicos con el entonces rector de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí Manuel Nava Martínez a la cabeza, liderazgo que tras su muerte retomaría por elección del grupo, su hermano Salvador, el primero de ellos cardiólogo y el segundo oftalmólogo.
LA FAMA
El estado de San Luis Potosí cobro fama nacional por el desarrollo de reuniones de contenido político en plena dictadura de Porfirio Díaz, para discutir los términos de la lucha política que derivaría en la Revolución Mexicana, en reuniones sucesivas en el Teatro de la Paz. Finalmente, esta tierra sería la cuna de esa revolución.
Esa fama dio un giro cuando un influyente político, Saturnino Cedillo, encabezó un fallido bombardeo aéreo al entonces presidente de México Lázaro Cárdenas, lo que propició el nacimiento de otro grupo de influencia encabezado por Gonzalo N. Santos, sistema que tardó dos décadas en desgastarse, justo cuando surgió el movimiento navista, este, con posturas de oposición de alcance nacional. De ahí la fama de que San Luis encabezaba la oposición.
El sistema político de la época no daba cabida ni a la más mínima expresión de oposición, y fue así como la primera elección competida por la gubernatura, en 1961, terminó aplastando al navismo, con la intervención del ejército para arrestar a los cabezas del movimiento pacífico de la época, incluyendo al alcalde con licencia y candidato a gobernador Salvador Nava Martínez, juzgarlos y torturarlos. Lejos de aminorar, la oposición creció y terminó por exhibir a San Luis Potosí en el escenario internacional.
LA INSURGENCIA CIVIL
La oposición ya enraizada, terminó por no tolerar ni el más mínimo gesto de imposición de políticos o de reglas del juego. Luego de dos gobiernos que mantuvieron una postura conciliadora, transcurrieron los dos sexenios del gobierno estatal sin sobresaltos y en 1982, empresarios y políticos organizaron la “comida del recuerdo” que reavivó al movimiento navista.
Los empresarios se acordaron volver a postular a Salvador Nava Martínez para la alcaldía de la capital y como si no hubieran corrido las generaciones, volvió a responder como oposición, a base de votos, para ganarle al partido de la época.
La siguiente elección, en 1985, provocó tal nivel de enfrentamiento político, que el sistema de la época generó tal fuerza opositora, que no permitió la instalación del gobierno municipal de Guillermo Medina de los Santos, sin que al menos hubiera una protesta de los impulsores del candidato Guillermo Pizzuto Zamanillo.
En el movimiento se infiltraron porros que se enfrentaron con los navistas que protestaban, en tanto el gobernador de la época participaba en un evento privado para la toma de protesta del alcalde. Los infiltrados incendiaron el Palacio Municipal para tratar de colgarle la hazaña al grupo navista. Sin embargo, los agresores fueron exhibidos por los propios medios de comunicación.
La presión creció y el gobernador interino se vio obligado a reconocer el triunfo del opositor Guillermo Pizzuto Zamanillo para la elección de la alcaldía 1989-1991. Para entonces ya crecían tanto la izquierda como la derecha mexicana, al grado que el gobierno de Carlos Salinas de Gortari no fue reconocido por los candidatos presidenciales Cuauhtémoc Cárdenas, Rosario Ibarra de Piedra, Heberto Castillo y Manuel J. Clouthier. La oposición contagió a la capital potosina, que con el movimiento navista y partidos opositores crecieron.
El Partido Revolucionario Institucional eligió a su candidato y optó por el ex diplomático Fausto Zapata Loredo, identificado por la oposición mexicana por su participación en los gobiernos de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez.
Para entonces, partidos de izquierda y de derecha se sumaron para postular nuevamente a Salvador Nava por la gubernatura con dos posibilidades: no ganar la elección pero pugnar por una reforma electoral o conseguir la gubernatura y modificar las reglas del juego.
Salvador Nava y Fausto Zapata coincidieron en una campaña donde chocaron como oposición, llevaron una campaña frontal y persistieron las denuncias por inequidad en el desarrollo del proceso, una campaña del partido oficial que contaba con todos los recursos para movilizarse y buscar el voto, trato inequitativo que relacionaban con el control que ejercía el órgano electoral por entonces controlado por la Secretaría General de Gobierno. Prevalecía la inequidad incluso en la distribución de los tiempos y espacios publicitarios. A pesar de ello, el movimiento opositor creció y llenaba la Plaza de los Fundadores sin necesidad de acarreo.
