LA Pila ya estaba en llamas.
EL asesinato de tres policías estatales —dos hombres y una mujer— en la delegación de La Pila encendió claramente una alerta que el discurso oficial llevaba tiempo empeñado en apagar: la violencia de alto impacto está de regreso en nuestra entidad y apareció de manera brutal.
A más de un día del ataque, todavía no sabemos con claridad qué ocurrió. Primero se habló de un coche bomba; después apareció la versión de un artefacto lanzado desde un dron, pero hasta hoy, nada confirmado.
LOS boletines de la Secretaría de Seguridad estatal dejan entrever que los agentes fueron atacados a balazos, pero nadie ha explicado qué provocó la explosión reportada en el lugar.
NO se pide a la Fiscalía que abra su carpeta de investigación. Se exige algo mucho más elemental: una versión oficial que permita saber cómo fueron asesinados tres servidores públicos.
LO lamentable es pensar que quizá ni las familias que hoy lloran a sus muertos, conocen todavía toda la verdad.
EL alcalde Enrique Galindo agregó otro dato que, por lo menos, resulta preocupante: desde semanas atrás, autoridades federales habían detectado movimientos inusuales en La Pila. La inquietud fue suficiente para que el Ejército y la Guardia Nacional solicitaran un espacio e instalaran una base de vigilancia.
ENTONCES el ataque no parece fortuito. Algo turbio ya se movía en esa zona y la Federación ya lo había olido.
AHORA, lo que Galindo, el alcalde, no dijo es si esa información fue compartida con el Gobierno del Estado, responsable de la corporación atacada.
TAMPOCO sabemos si el municipio entregó sus reportes o si cada autoridad cuidó su propia parcela.
LA Pila pertenece a la capital, los agentes asesinados eran estatales y en la zona ya había presencia federal. En el papel estaban todos; en los hechos, no sabemos siquiera si se comunican entre ellos.
LA falta de química entre el Gobierno estatal y el Ayuntamiento capitalino no es nueva. Se ha visto en las obras detenidas, los permisos y los pleitos mediáticos y públicos.
PERO una cosa es que no se pongan de acuerdo para construir un puente y otra muy distinta es que esa distancia alcance la seguridad. Ahí los errores se pagan, literal, con vidas.
EN medio de la confusión, el secretario de Seguridad municipal, Juan Antonio Villa, calificó el ataque como un hecho “atípico”. La expresión fue desafortunada (cada vez más común en Villa) y sonó a la salida de siempre para minimizar el problemón.
ATÍPICA pudo ser la forma de la agresión, si algún día nos explican cuál fue. La violencia en La Pila, en cambio, no apareció el domingo por arte de magia. Pero Villa no es el único que debe responder. El municipio tiene que decir qué sabía; evidentemente el Estado, tiene que explicar por qué sus agentes fueron enviados a ese punto y bajo qué condiciones; la Federación, qué detectó para instalar una base.
AQUÍ nadie puede lavarse las manos ni aventarle la bolita al de a lado como es costumbre.
EL Gobierno estatal ofreció un millón de pesos y una vivienda a cada familia. El apoyo es necesario, pero no sustituye la verdad ni la justicia. Los deudos merecen conocer cómo murieron los agentes y si la tragedia pudo evitarse.
LA Pila no comenzó a arder este fin de semana. Las señales estaban ahí. Lo ocurrido nos enseña que tener patrullas, bases y reuniones no sirve de mucho cuando la información no circula o nadie actúa a tiempo.
TRES policías están muertos y todavía no existe una explicación completa. Antes de presumir coordinación, las autoridades deben aclarar qué sabían, qué hicieron y cómo, pese a tantas corporaciones presentes, un grupo criminal pudo atacar y tras 48 horas solo tener tras las rejas a un presunto responsable.
