CADA AÑO LLEVAN ALIMENTO PARA LOS PEREGRINOS EN EL TEPETATE
Ana Paula Vázquez
[San Luis Hoy]
La comunidad del Tepetate despierta distinto cuando el aroma a caldo de pollo y barbacoa se mezcla con el paso constante de las y los peregrinos que se dirigen hacia San Juan de Los Lagos. Desde temprano, familias enteras llegan cargando cazuelas, garrafones y bolsas con alimentos. No hay anuncios ni coordinación oficial: lo que los convoca es una promesa hecha hace décadas y que, pese al tiempo y a las ausencias, sigue cumpliéndose.
Oscar Hernández Jasso Bravo explica que esta tradición nació como una manda de su padre, Martín Jasso Aranda, quien durante más de 22 años, acudió puntualmente a este punto del camino para ofrecer alimento. Tras su fallecimiento, la familia decidió continuar con el compromiso. “Era un propósito de él de cada año, pero ya no está con nosotros. Es una manda”, comparte. Hoy, la práctica suma entre 28 y 29 años, sostenida también en memoria de su madre, María Magdalena Bravo Hernández, y de sus abuelos.
La familia se instala únicamente en el Tepetate para ofrecer el almuerzo a los peregrinos. Mientras algunos reparten comida caliente y bebidas, otros integrantes realizan rezos en memoria de sus familiares fallecidos. “Es una penitencia que se siguió en memoria de él y también por peticiones de la familia”, explica Oscar Hernández.
Otra de las familias presentes es la Jasso Bravo, junto con Cristian Bravo, provenientes de la colonia San José Buenavista, aunque con raíces en Tierra Blanca. Rosa Marisela Jasso Bravo relata que fue su padre quien inició la manda, la cual con el tiempo se convirtió en una tradición familiar. Desde hace 28 años, entre 20 y 25 integrantes acuden cada temporada para compartir alimentos con quienes cruzan el lugar.
Desde Balcones del Valle también llegan manos dispuestas a compartir. Josefina Bravo cuenta que, junto con las familias Bravo y Limón, participan ofreciendo comida a las y los peregrinos. A diferencia de otros casos, aclara que no se trata de una manda, sino de una tradición heredada de sus padres, quienes durante muchos años acudieron a dar de comer. Tras su fallecimiento, ella y su familia han mantenido la costumbre desde hace 15 años, recorriendo el trayecto hasta el Tepetate.
Entre cazuelas humeantes, rezos y caminatas repetidas año con año, las mandas y tradiciones continúan pasando de padres a hijos. En el Tepetate, la fe no se proclama: se cocina, se sirve caliente y se comparte en silencio.
