Ana Paula Vázquez
[San Luis Hoy]
En San Luis Potosí, el 25 de noviembre no pasa como una fecha más en el calendario. Cada año, las mismas siluetas —madres, hermanas, amigas— regresan frente las dependencias legislativas y gubernamentales con los rostros marcados por el duelo y la resistencia. No vienen a conmemorar: vienen a recordar lo que siguen enfrentando todos los días. La violencia no es efeméride, es rutina.
A las 5:30 de la tarde, la colectiva “Por ellas, por nosotras y por todas” volvió a ocupar la explanada del antimonumento en Plaza de Armas. Ahí, entre carteles y asistentes, tomó el micrófono Susana Cruz González, madre de Lupita Viramontes. Su propia vida, partida por el feminicidio de su hija, la convirtió en una víctima colateral. Sus palabras no buscaron consuelo: exigieron que se deje de normalizar la violencia feminicida y cuestionó la indiferencia de las instituciones que deberían protegerlas.
A su lado, Esperanza Lucciotto, activista y madre de Karla Pontigo, recordó que en San Luis Potosí la Alerta de Violencia de Género (AVG) parece desvanecerse más por trámite que por resultados. De los seis municipios donde se decretó, en tres ya fue levantada. Ahora, bajo la dirección de Gloria Serrato, la Secretaría de las Mujeres pretende retirarla también en los tres restantes. Mientras tanto, los números no cuadran: de 169 homicidios dolosos de mujeres, solo cinco han sido investigados como feminicidios.
La marcha avanzó por el Centro Histórico y al cruzar el pasaje Zaragoza, las consignas retumbaron entre los arcos y los negocios: “Señor, señora, no sea indiferente se matan a las mujeres en la cara de la gente”, “Ni una más, ni una asesinada más”.
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