El miedo invade a migrantes varados

Esperan por un futuro en el norte de México

[AP]

Nuevo Laredo, Tamps.- La hondureña de La Ceiba llegó a la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo con sus hijos de 5 y 12 años y la promesa de un trabajo. En vez de ello, unos desconocidos los llevaron a la habitación de un hotel e intentaron, sin éxito, extorsionar telefónicamente a algún pariente. Después de tres días, la familia escapó cuando no había nadie vigilando y se refugió en una iglesia.

“No quiero salir a la calle, tengo miedo de que los mismos hombres (…) me hagan algo a mí o mis muchachos”, cuenta esta mujer de 32 años y cara redonda que pide guardar el anonimato por cuestiones de seguridad.

Mientras México y Estados Unidos intentan controlar el flujo migratorio, sobre todo de centroamericanos, hacia el norte, el miedo es una constante en miles de migrantes que esperan en la frontera. La situación se agrava en Tamaulipas, uno de los estados más violentos y con mayor número de desaparecidos del país. El gobierno estadounidense recomienda a sus ciudadanos no pisar la región, donde el crimen organizado se ceba con los migrantes desde hace años, a quienes roba, extorsiona, secuestra, asesina o desaparece.

Diversas organizaciones no gubernamentales condenaron la decisión estadounidense de devolver a los solicitantes de asilo a México, una política que comenzó en enero. Las críticas aumentaron cuando entre los puntos de retorno se incluyó uno en Tamaulipas.

“Devolver a las personas que buscan asilo y obligarlos a permanecer en Nuevo Laredo es una política inhumana”, afirmó recientemente Médicos Sin Fronteras en un comunicado. “Es ponerlos en manos del crimen organizado, donde ser migrante es sinónimo de ser una mercancía”.

Gledis Neira, una cubana de 52 años, da fe de ello. Llegó a México el 4 de junio desde Nicaragua y una semana después ya estaba en la frontera norte, durmiendo en el albergue municipal. Tres amigos suyos, todos cubanos, fueron interceptados por desconocidos que los bajaron de un taxi, les robaron y los amenazaron con un bate de béisbol. Otro día, una señora llegó al albergue en busca de chicas que supieran bailar, pero alguien alertó a tiempo del peligro cuando la mujer no quiso ofrecer muchos detalles del empleo y nadie se fue con ella.

“Conocí el miedo en Nuevo Laredo”, afirma. “Los mismos guardias de allí nos decían que nos cuidáramos”.